8 de octubre de 2010

Y la tierna niña ilusa buscando el amor, sin saber que en ella no existe un corazón...


Amanecer tormentoso apareció ese día, donde las promesas rotas inundaban su ser.

-Va el amor caminando cerca- le prometía la lluvia, que al pasar ella, la amarían por lo que la niña es.

Arcoiris de éxtasis recorren por sus pálidas mejillas, afirmando cruelmente lo que nunca fue, amoríos latentes en su pecho se oían, y los latidos de su inexistente corazón le prometían lo que nunca fue.

La primavera le había prometido un sueño sagrado, un rezo al aire le afirmaba que obtendría lo que siempre se prometió pero jamás llegó.

Y la tierna niña ilusa buscando el amor, sin saber que en ella no existe un corazón.

El verano parecía asustarle, el amor seguía sin aparecer, el frenesí de ese verano se convertía en dolor cuando supo lo que siempre fue.
El otoño llegó sin dudarlo, siempre deseoso de caer, la tierna niña que buscaba el amor, ya no encontraba la forma de ocultar las promesas del ayer.

Momentos, lamentos, silencios eternos, cosas que se cuentan en días que no se sabe nada, la historia recurrente de la niña tierna, envolvía a su ser, apagando su alma ese atardecer.

-Va a llegar el amor-, le repetía el silencio a su alrededor, pero la niña en espera lo abandonó, siendo ese su mayor temor.

La soledad, cruel amiga, abrazó su hermoso cuerpo esa noche, amándola en ese tormento, y repitiéndole que siempre estaría a su lado, junto con el valeroso invierno que ya había llegado ese atardecer.

Tragedia y locura, placer inmenso y una fúnebre noche corría por sus venas ya cortadas en ese anochecer.

Sátira de un momento que se reúne en un lúgubre anochecer, promesas rotas de una primavera cruel.

El amor no existió ni hoy ni ayer, el futuro incierto no aparece para ella, lo único que deseaba era una bondadosa caricia, y no un insomnio cada anochecer.

Lamento, tormento, soledad sin juramento, el cantar de esos rezos parecían hablarle de lo que nunca fue.

Corazón inexistente, amor sin aparecer, la búsqueda terminó al cortar su hermosa piel.

Brotaban lágrimas, y sus cenizas repetían -Ahoga la pena en tu dolor, y así de la eterna fusión se proclame el amor- tal vez, esa era la única solución.

Ahora la sangre derramada, en un añorado beso se instaló a sus pies, sus brazos azules, su piel aún más blanca, su pálida agonía contaminó su ser.

Gotas de sangre finalizan este capítulo de promesas sin cumplir, y la pregunta de ella siempre busco un por qué nunca le dijeron que el amor no existía para ella porque no existía tampoco un corazón en su ser.

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