8 de octubre de 2010

Insomnio y Frenesí


Otra vez sonríes, pareces quieto cuando me miras, siento como tu esencia puede recorrer mis venas haciendo que en mi cuerpo se generen mil sensaciones inexplicables.

Una vez más siento tu aliento lejano, cálido, pero lejano; causa un delirio en mi mente haciendo que me confunda una vez más con la idea de tenerte.

Exaltas mis sentidos, no te lo reprocho, siempre lo has hecho cuanto te pienso cerca de mí; causas tanta tranquilidad e ira a la vez en mi corazón, pues siento amarte, pero no puedo tenerte.

El tiempo, amante de la soledad; en presencia de ella, entrelaza su cuerpo para avanzar lentamente, y así cada noche en la que faltas se vuelve una eternidad.

Y de nuevo toca la puerta mi ansiedad, cada instante de esta noche se muestra como un suplicio constante lleno de temor.

Me haces falta otra vez, y en esta inmensa obscuridad, me invade la angustia, necesito saber donde estás, necesito saber si algún día me amarás.

Desesperación, impotencia, realidad; los minutos de esta noche se hacen eternos.

Soledad, soledad, una fría e inhumana soledad; me he condenado por mi necedad de tener algo que no es mío y que jamás lo será.

Ya me has repetido este día que no me piensas, pero sigues sin entender que necesito de ti para alimentar mi alma y llenarme de vida.

Cada lágrima que recorre por mi mejilla se vuelve un grito callado, se ha vuelto noche con noche un hábito deseable el sentir que me aceptas, el imaginarte conmigo, el creer que nos fundimos en un beso y no nos apartamos jamás.

Insomnio, nada más; el tiempo que paso pensando en ti es un instante hermoso que se difunde en impotencia.

Cuando irremediablemente me toma la melancolía, me guardo en la súbita violencia que está en mi alma y divaga mi mente otra vez, una vez más.

Noche de frenesí, momento de mi exaltación; Noche de insomnio, momento de demolición.

Tantos sentimientos guardados que provocan desolación; nada queda sin ti, sólo una noche de insomnio y frenesí.

Y la tierna niña ilusa buscando el amor, sin saber que en ella no existe un corazón...


Amanecer tormentoso apareció ese día, donde las promesas rotas inundaban su ser.

-Va el amor caminando cerca- le prometía la lluvia, que al pasar ella, la amarían por lo que la niña es.

Arcoiris de éxtasis recorren por sus pálidas mejillas, afirmando cruelmente lo que nunca fue, amoríos latentes en su pecho se oían, y los latidos de su inexistente corazón le prometían lo que nunca fue.

La primavera le había prometido un sueño sagrado, un rezo al aire le afirmaba que obtendría lo que siempre se prometió pero jamás llegó.

Y la tierna niña ilusa buscando el amor, sin saber que en ella no existe un corazón.

El verano parecía asustarle, el amor seguía sin aparecer, el frenesí de ese verano se convertía en dolor cuando supo lo que siempre fue.
El otoño llegó sin dudarlo, siempre deseoso de caer, la tierna niña que buscaba el amor, ya no encontraba la forma de ocultar las promesas del ayer.

Momentos, lamentos, silencios eternos, cosas que se cuentan en días que no se sabe nada, la historia recurrente de la niña tierna, envolvía a su ser, apagando su alma ese atardecer.

-Va a llegar el amor-, le repetía el silencio a su alrededor, pero la niña en espera lo abandonó, siendo ese su mayor temor.

La soledad, cruel amiga, abrazó su hermoso cuerpo esa noche, amándola en ese tormento, y repitiéndole que siempre estaría a su lado, junto con el valeroso invierno que ya había llegado ese atardecer.

Tragedia y locura, placer inmenso y una fúnebre noche corría por sus venas ya cortadas en ese anochecer.

Sátira de un momento que se reúne en un lúgubre anochecer, promesas rotas de una primavera cruel.

El amor no existió ni hoy ni ayer, el futuro incierto no aparece para ella, lo único que deseaba era una bondadosa caricia, y no un insomnio cada anochecer.

Lamento, tormento, soledad sin juramento, el cantar de esos rezos parecían hablarle de lo que nunca fue.

Corazón inexistente, amor sin aparecer, la búsqueda terminó al cortar su hermosa piel.

Brotaban lágrimas, y sus cenizas repetían -Ahoga la pena en tu dolor, y así de la eterna fusión se proclame el amor- tal vez, esa era la única solución.

Ahora la sangre derramada, en un añorado beso se instaló a sus pies, sus brazos azules, su piel aún más blanca, su pálida agonía contaminó su ser.

Gotas de sangre finalizan este capítulo de promesas sin cumplir, y la pregunta de ella siempre busco un por qué nunca le dijeron que el amor no existía para ella porque no existía tampoco un corazón en su ser.

Déjame Matarte Esta Noche

Con un suave aliento en tu almohada,
sollozas ferviente en esta habitación;
El terror en tus ojos se inunda en lágrimas,
y tu piel se transforma en una temblorosa emoción.

El sudor se esparce en tu frente al acercarte a mí,
rodea tu pecho y rompe en odio;
Y la fiel daga brillante en mis manos,
tirita de éxtasis por tal escena en este atardecer.

Baila conmigo una vez más querido corazón,
ámame esta tarde como cualquier otra;
Ámame esta última tarde para que con ansias te diga
“Déjame matarte esta noche”.

Te explicaré mi verdadera agonía;
Al saber de tu rechazo total, al saber que hoy te ibas,
decidí tomar tu vida entre mis brazos,
y cubrirte en el puro y fétido dolor que me resulta el verte.

¡OH Amado mío! Déjame matarte esta noche,
déjame colocar la daga en tu cruel corazón,
déjame beber tu sangre,
déjame compartir mi dolor con el tuyo para fundirnos en uno solo.

Déjame ahogar tu maldita equivocación y mi vana esperanza,
y con la luna blanca sobre tu cuerpo esparcido,
y así te hagas presa de mi recuperación.

Esta tarde los ruegos se acabaron,
sólo existe una sola petición,
“Déjame matarte esta noche”

Más sólo rechazos esa tarde pudo haber,
más mi fiel lamento no podía callar esta vez.

Mi daga ruega por tu sangre estremecer,
para terminar luchando y convertir todo al fin,
en un fúnebre amanecer.

Locura esta noche, una enferma locura que le ha ganado al amor,
una fina locura a favor del dolor,
esa asquerosa locura, convertida en mi mente en placer,
ya caída con tu cuerpo en mis brazos, sólo tirito ahora...

“Déjame matarte esta noche…”

Inexplicable Amor


Una fúnebre obscuridad toca hoy mis mejillas, corre por mis venas y asesina mi razón.

Cálida luna de octubre, creciente y brillante, amante y demente, ahora apoya su frustración en mi agonía, volviéndolo todo inerte.

Nada, sólo eso, nada.

Mi enfermo corazón ahora recita sonetos sobre muerte, sólo eso, muerte.

Amor a la muerte, explicación maléfica y vacía del hombre, que la acosa con una capa de destrucción.

Música de cuerpos mutilados, música y cantos radiantes, música siniestra de emoción.

Sesenta y cinco poemas lúgubres llegan a esta noche convirtiendo el dolor en mi dolor.

Sesenta y cinco poemas para este inexplicable amor.
Muerte, delirio por la muerte, llanto celestial, inestable sensación.

Invisible misterio de la sencillez de la vida, cálida caricia de la crueldad, movimiento alterno por una pasión.

Muerte, inexplicable amor, suave amargura que corta mi dolor, suave mentira para las mentes del ayer, arrogante ternura en tu piel.

Amor a la muerte cala en mi pesar, sintiendo que con tu inevitable muerte me podré doblegar.

Después de la muerte de una inconclusa emoción de un otoño tormentoso, no existe nada más en mi mente, ni en tus ojos ahora cerrados, más que un inexplicable amor por el cuerpo en este sepelio que permanece inerte